Es tarde. Llueve. Hace un momento que huyó el último rayo de luz haciendo fintas entre los siniestros nubarrones. Comienzo a leer este viejo cuaderno que encontré naufragado sobre un charco, cerca de casa.
Diario.
Érase una vez...
día infinito
Para caminar hacia la locura, no necesito sino seguir atisbando tu rostro apenas oculto entre las sombras. Continuar soñando estos espantosos sueños, claroscuros de irrefrenable belleza, lugares inalcanzables...
Cada día, arrastro este fardo de deseo y de luz. Cuando te cruzas conmigo, ves a un pordiosero que deambula ido, iluminado y ausente. Todo lo que tengo son los restos de mi ser quebrado, deleznables andrajos que ya hieden. Pero acecha sobre mis pasos una claridad extraña, extraña como las miserables chabolas, en donde se confunden risas infantiles con los gemidos terribles de alguna criatura. Estos, mis pasos acechados, me llevan a la ciudad, donde el asfalto, húmedo, se ofrece como una mujer voluptuosa. Es un gran océano, oscuro y vacío, que acoge el aliento de las farolas como soles de ajenas y distantes constelaciones. Escucho al viento, que parece chirriar entre carteles y metal con un restañar regular y patético, no veo apenas árboles, pero está el bramido de las olas, y el mar.
He bajado hasta la playa. Allí están las ondas incontables, enfurecidas, vomitando su insólita rabia, al tiempo oscura y blanca. Puedo saborear en la borrosa orilla, los besos desbordados. Y me siento perdido, empapado frente a esta extensión inusitada. Como una amante exótica, la paz me colma en este lugar.
día cero
Pasan los días. Los amaneceres remolonean perezosos debido al temporal interminable. En tanto, recorro las calles vestido por miradas recelosas. Mis labios marchitos musitan palabras pesadas, que se deslizan como víboras a mis pies. Ignoro de donde acuden las palabras:
"Yo soy el viejo loco,
el que desgrana su solitario y estremecido discurso,
nadie escucha lo que digo:
En mi pecho germina la locura de beberme al azul bajo las horas,
de sentir a la luz sobre mi carne,
de mi corazón deshecho por el hambre.
Juega la mañana en las callejas,
besando inocente a los rincones
en el puro delirio de sí misma,
sin conocer ningún castigo
ni la maldición de lo imperfecto.
Derramo estas palabras,
nada siento,
perdido,
sin haber encontrado tu mirada,
los ojos de la paz a que aferrarme.
Soy un viejo que arrastra sus harapos
y sostiene en sus brazos,
como a un crío,
la realidad,
que yace exhausta,
dejando atrás toda revolución
como pérfido engaño ya agotado,
rueda infinita hasta que todo acabe."
Antonio C. Rodríguez
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