Poema 28
Yo no entiendo porqué los poetas
-los malditos poetas-
tienen esa costumbre
-maldita costumbre-
de mirar a los ojos.
Saltan el cerco pudoroso
de las pestañas
y se meten, tan anchos,
en nuestras íntimas intimidades,
como si nada
o como si anduvieran por su casa.
Se acomodan
en nuestros cojines preferidos,
revuelven nuestro armario,
nuestros colores cotidianos,
se beben nuestro vino
y destapan nuestras ansias,
largo tiempo añejadas.
Destartalan
e invaden con temblores
nuestro precario orden,
tocan nuestras vergüenzas,
nuestro archivo de ocultas pasiones,
sostenidos apenas
con blandos alfileres,
sosegados en arduas,
pacientes batallas interiores.
Y se instalan, impunes,
en el desvelo,
sin preguntar si pueden
quedarse un rato más,
riéndose con toda el alma
de nuestro asombro
desparramado sin remedio
de nuestros ojos que tampoco
pueden ya despegarse de los suyos.
Desarmados, perdidos,
sin poder balbucear y rogarles:
Tengan un poco de piedad
de estos poetas grillos solitarios,
acostumbrados
solo a su propio canto,
solo a su propio pozo.
Tengan piedad de estos
poetas-grillos-ojos
acostumbrados solo
a su pequeño, húmedo y oscuro círculo
y a su cielo redondo, abarcable
de menguadas estrellas.
Yo no entiendo porqué los poetas
tienen esa costumbre
de mirar a los ojos.
del libro: Sobre el beso del viento.
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